1. Is. 6,1-2.3-8: El profeta habla porque Dos le ha purificado sus labios.
2. I Co. 15,1-11: A Saulo no le purifica el fuego sino una luz poderosa y agua del bautismo.
3. Lc. 5,1-11: Jesús transforma a los discípulos para que cambien de oficio.
Reflexión:
* No somos inocentes. Una cierta irresponsabilidad parece invadirlo todo. Nadie quiere oír hablar de su propia culpa. Siempre la culpa la tienen los otros. Es cierto que hay una manera infantil de vivir angustiado y paralizado por un sentimiento neurótico de culpa. Pero, ¿quiere esto decir que podemos vivir cada uno de nosotros “inocentemente”, sin sentirnos ya responsables de pecado alguno? El ateismo contemporáneo no es más que el rechazo de la culpabilidad. En muchas personas el olvido de Dios ha ido acompañado de una pérdida aún mayor de responsabilidad moral. Los creyentes sabemos por experiencia que reconocer nuestro pecado ante Dios no es destruirnos, sino renacer como hombres nuevos. La culpa, cuando es asumida con responsabilidad no anula al hombre. Pocas veces un creyente se siente más humano que cuando sabe confesar como Pedro: “Señor, soy un hombre pecador”.Y pocas veces crece tanto nuestra capacidad de regeneración como cuando escuchamos esas palabras dirigidas al fondo de nuestro corazón: “No tengas miedo”
* No temas. La culpa como tal no es algo inventado por la religiones, sino que constituye una de las experiencias más antiguas y universales. Ante s de que aflore el sentimiento religioso, se puede advertirán el ser humano esa sensación de “haber fallado en algo”. El problema no consiste en la experiencia de culpa, sino en el modo de afrontarla. Deberíamos denunciar esa forma malsana y pseudo-religiosa de vivir la culpabilidad que lleva todavía ano pocos a sentirse como “gusanos” despreciables ante Dos y no como “hijos amados” con amor insondable por un Padre. El relato de hoy nos habla de Pedro como un hombre que, abrumado por su indignidad, se arroja a los pies de Jesús: “Apártate de mi, Señor, que soy pecador”. La respuesta de Jesús no podía ser otra: “No temas, no tengas miedo de ser pecador y estar junto a mí”. Esta es la suerte del creyente: se sabe pecador pero se sabe, al mismo tiempo, aceptado, comprendido y amado incondicionalmente por Dios.
J. A. Pagola
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